El vapor se elevaba
desde la laguna de burbujeante orina que crecía frente a mis botas. Llegué a
permitirme el lujo de exhalar un placentero “aaah” mientras el contenido de mi
inflamada vejiga se derramaba sobre el asfalto, esparciéndose y colmando las intrincadas
grietas que lo horadaban. Coño, después de todo, era mi cumpleaños; podía ser
indulgente conmigo mismo por una vez en mucho tiempo. El chorro cesó, y unas
últimas gotas centellearon bajo la luz de la lámpara antes de desaparecer en la
inmensidad del charco.
“Feliz
cumpleaños”, pensé.
Subí
la cremallera y retrocedí hasta mi posición inicial, unos cinco metros atrás, sentado
sobre el capó del landbrawler que me
había llevado hasta allí. La luz anaranjada de mi lámpara lamía los contornos de
los pocos cuerpos visibles a mi alrededor. Una botella de whisky matarratas, un
maltrecho y oxidado carrito de la compra, una farola inerte… Más allá de la
zona iluminada, el mar de sombras se arremolinaba, deambulando como un celoso
depredador que ronda a su presa, cavilando, pensando en la manera de ponerme
las garras encima sin dejarme escapar.
Reí
a carcajadas. Agarré el cuello de la botella con dedos lánguidos y dejé caer el
whisky por mi garganta a sonoros borbotones. Aquel veneno me proporcionó el
calor que necesitaba aquella noche. Aparté el vidrio de mis labios y bajé la
vista a mi reloj: las once menos veinticinco; todavía me quedaba cerca de hora
y media por delante. Me sentí aliviado. Después de todo, todavía no había
recibido a los invitados. Pero, ¿daría tiempo a soplar las velas? No quería que
se repitiera lo del año anterior. No, ni hablar. Dejé la botella a un lado,
sobre la superficie curva del capó, con mucho cuidado. Quería conservar la
suficiente sobriedad para apagarlas todas de una vez.
Mi
atención regresó al charco de orina que acababa de crear: seguía creciendo,
extendiendo numerosos y negros tentáculos que descendían por una pendiente a
penas perceptible, hasta abandonar la seguridad del círculo de luz. Ya faltaba
muy poco, y mi depredador, la oscuridad furiosa, se impacientaba. Casi podía
escucharla resoplar, frustrada, barriendo la tierra con las zarpas.
Prolongué
la agónica espera unos minutos más, con una sonrisa burlona retorciéndose en
mis labios bañados en alcohol. Después, comencé a girar muy lentamente la llave
del gas. La llama contenida en la
lámpara empezó a menguar, haciendo cada vez más pequeño el círculo anaranjado
entorno a mí. La oscuridad, antes constreñida por los límites de mi
santuario luminoso, avanzó, devorando lo que, momentos atrás, había permanecido
a salvo a la luz. Al final, la llamita azul que luchaba por sobrevivir dentro de
la burbuja de cristal a penas alcanzaba a iluminarme las rodillas.
Suficiente.
“Bambi”
descansaba a mi lado, junto a una cajita de munición cargada con veintitrés balas.
Veintitrés. Ni una más, ni una menos. Veintitrés velas a soplar. Después de
todo, tenía una tradición milenaria que
respetar. Agarré a mi compañera con ambas manos, abrí el cerrojo con la
delicadeza que una amante merece y deposité la primera bala en sus entrañas. Al
cerrarla, el chasquido metálico llegó a mis oídos como un cálido gemido pre-orgásmico.
Sí,
aquella iba a ser una gran noche. Pero todavía faltaba algo muy importante: los
invitados.
Oprimí
la cantonera contra mi axila, elevé el cañón y, por primera vez en aquel día
tan especial, hablé en voz alta.
—Venid—
dije.

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