miércoles, 14 de octubre de 2015

EL MERODEADOR: "FELIZ CUMPLEAÑOS"


El vapor se elevaba desde la laguna de burbujeante orina que crecía frente a mis botas. Llegué a permitirme el lujo de exhalar un placentero “aaah” mientras el contenido de mi inflamada vejiga se derramaba sobre el asfalto, esparciéndose y colmando las intrincadas grietas que lo horadaban. Coño, después de todo, era mi cumpleaños; podía ser indulgente conmigo mismo por una vez en mucho tiempo. El chorro cesó, y unas últimas gotas centellearon bajo la luz de la lámpara antes de desaparecer en la inmensidad del charco.
“Feliz cumpleaños”, pensé.
Subí la cremallera y retrocedí hasta mi posición inicial, unos cinco metros  atrás, sentado sobre el capó del landbrawler que me había llevado hasta allí. La luz anaranjada de mi lámpara lamía los contornos de los pocos cuerpos visibles a mi alrededor. Una botella de whisky matarratas, un maltrecho y oxidado carrito de la compra, una farola inerte… Más allá de la zona iluminada, el mar de sombras se arremolinaba, deambulando como un celoso depredador que ronda a su presa, cavilando, pensando en la manera de ponerme las garras encima sin dejarme escapar.  
Reí a carcajadas. Agarré el cuello de la botella con dedos lánguidos y dejé caer el whisky por mi garganta a sonoros borbotones. Aquel veneno me proporcionó el calor que necesitaba aquella noche. Aparté el vidrio de mis labios y bajé la vista a mi reloj: las once menos veinticinco; todavía me quedaba cerca de hora y media por delante. Me sentí aliviado. Después de todo, todavía no había recibido a los invitados. Pero, ¿daría tiempo a soplar las velas? No quería que se repitiera lo del año anterior. No, ni hablar. Dejé la botella a un lado, sobre la superficie curva del capó, con mucho cuidado. Quería conservar la suficiente sobriedad para apagarlas todas de una vez.
Mi atención regresó al charco de orina que acababa de crear: seguía creciendo, extendiendo numerosos y negros tentáculos que descendían por una pendiente a penas perceptible, hasta abandonar la seguridad del círculo de luz. Ya faltaba muy poco, y mi depredador, la oscuridad furiosa, se impacientaba. Casi podía escucharla resoplar, frustrada, barriendo la tierra con las zarpas.
Prolongué la agónica espera unos minutos más, con una sonrisa burlona retorciéndose en mis labios bañados en alcohol. Después, comencé a girar muy lentamente la llave del gas.  La llama contenida en la lámpara empezó a menguar, haciendo cada vez más pequeño el círculo anaranjado entorno a mí. La oscuridad, antes constreñida por los límites de mi santuario luminoso, avanzó, devorando lo que, momentos atrás, había permanecido a salvo a la luz. Al final, la llamita azul que luchaba por sobrevivir dentro de la burbuja de cristal a penas alcanzaba a iluminarme las rodillas.
 Suficiente.
“Bambi” descansaba a mi lado, junto a una cajita de munición cargada con veintitrés balas. Veintitrés. Ni una más, ni una menos. Veintitrés velas a soplar. Después de todo, tenía  una tradición milenaria que respetar. Agarré a mi compañera con ambas manos, abrí el cerrojo con la delicadeza que una amante merece y deposité la primera bala en sus entrañas. Al cerrarla, el chasquido metálico llegó a mis oídos como un cálido gemido pre-orgásmico.
Sí, aquella iba a ser una gran noche. Pero todavía faltaba algo muy importante: los invitados.
Oprimí la cantonera contra mi axila, elevé el cañón y, por primera vez en aquel día tan especial, hablé en voz alta.

—Venid— dije.




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