sábado, 24 de agosto de 2013

"En el espacio no hay sonido" - Capítulo 3.

CAPÍTULO 3

A aquellas alturas de su vida, a Oak ni se le había pasado por la cabeza volver a verse entre la espada y la pared. Le quedaban unos pocos meses para cumplir los 42; pero se sentía terriblemente viejo y cansado, como si aquella situación fuera más apropiada para alguien con la mitad de inviernos que él.
   A diferencia de Lawrence, Oak no estaba colérico; ni siquiera especialmente indignado. Sin embargo, la idea de volver a trabajar para el gobierno, aun sin ser entre las filas del ejército, le provocaba un enorme agotamiento mental.
    La vida de escolta de seguridad no podía calificarse de privilegiada, mucho menos de estimulante; pero las noches de sueño ininterrumpido compensaban con creces todo esto, incluso  los interminables turnos y el sueldo paupérrimo. Al menos para él. Ni tan siquiera era un trabajo especialmente peligroso; las pequeñas naves piratas a penas se acercaban a un carguero  bien protegido y Oak había olvidado cuál fue la última vez que los cañones del Fulgor Esmeralda dispararon una salva de advertencia. Incluso llegó a temer que la falta de uso acabara por deteriorarlos.
     No era el rumbo más gratificante que podía haber tomado en su vida; pero era el que había escogido varios años atrás, y cambiarlo no entraba en sus planes.
    Claro, a veces se olvidaba de que sus planes tenían la fea costumbre de irse al traste tarde o temprano. Concretamente, los suyos tardaron diez años en hacerlo.

    Después de la reunión y hasta bien entrada la noche, Oak apenas vio a Lawrence, lo cual agradeció. El comandante se había recluido en su camarote para revisar la base de datos. Oak pensó en ayudarle, o estar presente al menos; pero no podía quitarse a Magrog de la cabeza. ¿Cómo podía decirle todo aquello? Nunca había manejado muy bien el arte de dar malas noticias. Además, el chico había puesto todas sus ilusiones en trabajar como uno más de la tripulación del Fulgor. Peor aún: había confiado en Dale Virta incondicionalmente durante los últimos meses para que fuera así. La decepción de Mag se le clavaría como un puñal helado.
    Buscó al chico en las dependencias de los empleados, dentro del espaciopuerto, pero no lo encontró por allí. Decidió ponerse en contacto con él a través del term.  Mag respondió a la llamada casi al instante.
    —¡Eh, Oak!—. El rostro de Mag apareció en pantalla con una luz verdosa. Había mucho ruido de fondo y bastante movimiento de personas a su espalda. El chico respiraba entrecortadamente, tenía perlas de sudor en la frente y sonreía con plenitud — ¿Ya has acabado con tu reunión?
    —Sí, hace ya un rato de eso.
    Por la decoración del lugar, Oak dedujo que se trataba de una de las tascas de un pueblo de los alrededores. Machowski, Northpeak; tal vez Red Plains, a juzgar por las astas de venado que decoraban las paredes.
    — ¿Dónde estás?
    —Pues en un antro, como puedes ver.— Mag apartó el term de su rostro y realizó una corta panorámica del lugar. Oak reconoció a varias caras familiares de la tripulación revoloteando frente a la cámara—. La bebida está aguada y se respira más humo que en una fundición; pero se está bien.
    — ¿”Los chicos”?— Oak soltó una leve carcajada—. Vaya;  me alegra que hayas roto el hielo con tanta rapidez.
    —Son ellos los que han insistido en que venga. Te habrían enrolado a ti también si hubieras estado localizable. —  Mag miró hacia ambos lados y se alejó un poco del barullo. La cámara daba bandazos terribles a cada paso—. Y de eso quería hablarte, ¿qué tal ha ido el encuentro?
    —Mal. No creo que sea el mejor momento para darte detalles.
    Mag enmudeció por un momento. Sus labios ya no sonreían. El frío puñal ya empezaba su larga travesía hacia el corazón de Oak
   — ¿A qué te refieres con “mal”?— preguntó el chico con voz queda— Creía que habías dicho que iba a ser un trámite protocolario, o algo así. — De repente, Mag pareció cavilar. — Tiene que ver conmigo, ¿verdad?
    Oak negó rotundamente. Aquella reflexión del chico le pilló desprevenido y le hizo arrepentirse de haber abierto la boca con tanta rapidez.
   — ¡No! Para nada. ¿Por qué iba a tener que ver contigo?— suspiró—. Escucha: no quiero agobiarte. Preocúpate sólo de pasar un buen rato, ¿de acuerdo? Yo estaré aquí, en el puerto. Cuando vuelvas te lo contaré todo más tranquilamente.
    Colgó y volvió con parsimonia a la nave. Echó un breve vistazo desde el exterior y vio luces en el puente y en las pequeñas ventanas correspondientes al camarote del comandante. El suyo no tenía ventana alguna y desde luego era mucho menos espacioso que el de Lawrence. No podía quejarse; después de todo, el resto de la tripulación dormía conjuntamente en literas de un tamaño desafiante para la estructura ósea de un humano.
    La puerta de sus aposentos se deslizó con lentitud, dejando paso a un denso olor a cueva. En efecto, Lawrence había cortado la ventilación del camarote para ahorrar gasto de energía al soporte vital durante su ausencia.
    —Las viejas costumbres, ¿eh, Victor?
 En el interior, sus cosas seguían donde estaban, como era de esperar. Tampoco era un hombre muy dado a acumular chismes inútiles en su habitación. Mientras que Victor tenía su camarote abarrotado de insólitos trofeos bélicos y demás ornamentos, él tan sólo contaba con un pequeño estante improvisado cerca del cabecero de su cama. Únicamente tres objetos descansaban sobre él: una foto familiar, un libro viejo y una lámpara de microimpulsos que parecía haber dejado de funcionar. Oak intentó  con poco éxito devolverle la vida a base de golpecitos en la base. Aquéllas eran las mayores concesiones decorativas en la que se había convertido en su morada a lo largo de los últimos cinco años. Para su gusto, no necesitaba más. Salvo una lámpara nueva, claro.
    —Oye, Yana— habló al intercomunicador junto a la puerta sin desprender el dedo del botón rojo—: me parece que no voy a bajar a cenar. No me esperes, ¿vale?
     Dos minutos después, supuso, era el único ser morando en la nave exceptuando a Lawrence, que aguardaba silenciosamente en sus estancias. A éstas sólo se podía acceder a través de unas escaleras de caracol al final de aquel mismo pasillo. Oak  demoró deliberadamente su partida, bien ojeando el viejo libro de la repisa, bien usando el terminal de su escritorio para ver qué se cocía en la omnired. El mundo seguía girando igual, y un viejo comandante empezaba a impacientarse. Al final, subió las escaleras de caracol, haciéndolas tambalear a cada escalón que pisaba. Lo hizo, de nuevo, con una lentitud meditada, sabiendo qué tipo de conversación estaban a punto de tener él y el comandante.
    Eran las 22:02 de la noche cuando llegó al último peldaño.
    El comandante estaba tirado sobre su vieja butaca y con su brazo negro apoyado en el enorme escritorio. Tenía la mirada fija en un punto inexistente, y apenas se inmutó cuando Oak apareció por las escaleras. Frente a él, la pantalla de su ordenador iluminaba su rostro como una mortaja azulada.
    No hacía falta ser un experto vidente para ver el conflicto interno del comandante. Tal y como había predicho, después de repasar la información que Trana había cargado en la base de datos de la nave (aparentemente saltándose todos los firewalls de seguridad sin ningún problema),  Lawrence se había quebrado como una brizna de yesca. Oak se sentó sobre el escritorio y entrelazó las manos sobre su regazo. Victor tardó unos instantes en emitir sonido alguno.
    — ¿Sabes por qué dejé el ejército, Dale?
    Oak se encogió de hombros.
    —Lo cierto es que nunca me lo has dicho.
    — ¿Por qué crees tú que lo hice?
    Fingió cavilar por unos instantes.
    — ¿Por el Fulgor? No lo sé, Victor.
    Lawrence profirió una sonora carcajada, tan fuerte y repentina que Oak se sobresaltó un poco. Luego suspiró y se recostó un poco sobre la butaca.
    —Llevo diciéndome eso mismo desde hace diez años. Ahora sé que sólo lo hice porque podía, sin valorar ninguna de las variables. — Su puño mecánico se cerró—. Como he hecho siempre.
    El silencio se asentó entre ambos, y Oak no se sentía con ánimos para añadir nada a aquello.
    —Se me han pasado muchas cosas por la cabeza a lo largo de estas horas— continuó—, algunas muy descabelladas.—Miró a su compañero a los ojos— Estoy muy mayor, Dale; ya no sé si quiero volver a cabrear al Consejo.
   —Entonces… ¿has tomado ya una decisión?— inquirió Oak.
  Se escucharon pasos en el corredor de abajo. Aunque era relativamente difícil que les escucharan con el tono que estaban utilizando, Lawrence hizo una breve pausa, hasta que las pisadas desaparecieron.
   —He estado repasando esos archivos toda la tarde, buscando alguna excusa, cualquier laguna para convencerme a mí mismo de que no merece la pena embarcarnos en esto. Pero esa gente ha pensado en todo, Oak: nos darán inmunidad diplomática, nuevos armamentos, equipo, etc. — Se incorporó en su silla y acercó su rostro curtido al de Oak—. Con todo eso; no es una decisión que quiera tomar solo.
    Oak abandonó la mesa y empezó a caminar sin rumbo por el habitáculo.
   —No puedes pedirme eso.
   — ¡Eres mi segundo de a bordo!— dijo Victor con cierto aire de reproche—. Tienes mucho que decir en esto.
   —Lo que tengo que decir ya lo sabes de buena mano: no trabajaré para Quisade Bettany nunca más. — Oak señaló a través de una de los las ventanas. Aunque el cristal estaba sucio y oscuro, podía distinguirse el emblema de Roark Industries plasmado en la pared interna del hangar—. Ellos son mis jefes ahora, y es así porque yo lo decidí.
   —Roark nos ha abandonado a nuestra suerte. — Los ojos pálidos de Lawrence centelleaban de irritación—.  Sí, te reubicarán si permaneces en su plantilla, pero ya han dejado claro que no les importamos una mierda. ¿Todavía quieres seguir trabajando para esas personas?
    El volumen de la conversación estaba alcanzando niveles peligrosos; Oak intentó rebajarlo, aunque no con demasiado éxito.
    —Te hago una pregunta, Victor— dijo, procurando usar el tono más conciliador posible—: ¿qué crees que hará el gobierno cuando este programa termine? ¿Devolverte la nave y hacer como que nada ha ocurrido en estos diez años? ¡Piensa un poco, por Dios!
    — ¿Y qué quieres que haga?—repuso Lawrence, encogiendo sus anchos hombros—. ¿Quedarme sentado y perder mi nave ahora mismo? ¿Hacer lo que estás haciendo tú?
   —Quiero que razones un poco; eso es todo.
   — ¿Que razone? ¿Yo?— Lawrence soltó una carcajada irónica—. El único que no entra en razón aquí eres tú. — Volvió hacia la mesa y posó ambas manos sobre ella, dándole la espalda a Oak—. Voy a ser tajante con esto: ¿estás conmigo, o no?
   Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos, cada uno a un lado opuesto de la habitación, como si compitieran en un igualado pulso mental.
   —Después de lo que hice por ti…— Victor se mordió la lengua—. Me lo debes, Dale.
   Los ojos de Oak se posaron en el brazo biónico de Lawrence. Negro y artificial. Pudo haberse sentido culpable y dejar que ese sentimiento le hiciera ceder y aceptar la oferta por mero adeudo.
   Pudo, pero no lo hizo.
   —Lo siento; no puedo aceptarlo — concluyó.
    El comandante dio media vuelta y le observó directamente. Su boca se convirtió en una fina línea recta y sus puños se cerraron; ya no había ni un ápice de súplica en su mirada.
    —Recoge tus cosas— dijo—. La empresa te asignará otra escolta lo antes posible; ya he hablado con ellos al respecto.
   
La discusión fue rápida, afortunadamente. Oak pensó que Lawrence pelearía más y alargaría aquella agonía durante horas. Sin embargo, no hicieron falta más de diez minutos para dejar las cartas encima de la mesa. Oak pudo haber preguntado más acerca del programa; pero, a decir verdad, no le importaba demasiado lo que los “hombres misteriosos” se trajeran entre manos. Ahora era asunto de Lawrence, y de quienes quisieran seguirle.
    El camino hacia su camarote no fue agradable; cada paso que daba parecía resonar más de lo normal en su cabeza, como un molesto martilleo. No necesitó más de cuatro minutos para amontonar sus pocos efectos personales sobre su cama y llenar una mochila con ellos. El último objeto que pasó por sus manos fue la pequeña cajita de metal que contenía la bala que le había herido en Malevich.
    “Justo en la nalga izquierda” recordó.
    Se llevó la caja al oído y la sacudió, recibiendo un leve tintineo como respuesta. Aquel proyectil le había granjeado un mes de descanso durante la guerra y una cicatriz que envejecería en su trasero. A veces se preguntaba si conservar aquél dudoso trofeo era realmente necesario. A veces  le sonaba como una de las excentricidades de Lawrence.
    Quizá no fueran tan diferentes, después de todo.
    Cuando arrojó la cajita al interior de la mochila sintió una presencia a sus espaldas. Al volverse, vio a Yana plantada en el umbral de la puerta con sus pálidos brazos cruzados. En ese momento deseó haberla dejado cerrada.
    — ¡Yana! —exclamó Oak—. No te había escuchado. Eres silenciosa como un gato, muchacha. Pensé que te habías marchado, con los demás…
    Yana no tenía los ojos húmedos, pero su voz sonó quebrada y sin aliento.
    —Oak, por favor: quédate.
     La humildad en aquella súplica le rompió el corazón. Oak desvió la mirada hacia su mochila, evitando observar directamente a la joven. De repente, y sin saber muy bien por qué, se sintió avergonzado.
    —Así que Lawrence ya te lo ha contado todo…
    —He conseguido sonsacarle lo suficiente— contestó—, pero cuando os he escuchado discutir ya empecé a temerme lo que iba a pasar.
   Quizá aquello explicara los pasos que habían oído antes. Yana sabía bien cuándo prescindir de su sigilo.
    —Escucha: tenía pensado despedirme de vosotros de uno en uno, de verdad— aclaró Oak—. No pienses que iba a marcharme durante la noche sin más. Sabes perfectamente que ese no es mi estilo.
    La puerta se cerró. Oak pensó que la chica se había marchado, pero cuando tornó la vista la vio dentro de la habitación.
    —Eres un egoísta— le dijo.
    —Principalmente, sí.
    Yana arrugó la nariz y las pecas que surcaban su rostro se acentuaron. A pesar de lo que hubiera parecido en un principio,  no estaba triste; estaba bastante enfadada, y el rubor de sus carrillos era el mejor indicador de ello.
    — ¿Sabes lo necesario que eres aquí? ¡Por Dios bendito! ¿Crees que yo sola voy a poder manejar a Lawrence si tú no estás? ¿Con esos tipos del gobierno merodeando por aquí?
    Oak enarcó una ceja y le dedicó una mirada inquisitiva.
    —Sí, he estado leyendo algunos de esos archivos de la base de datos— se apresuró a aclarar ella.
    Aquello sonaba como una disculpa, aunque Oak no vio por qué había que reprocharle nada. Después de todo, la infraestructura informática de la nave era su feudo. 
    —Ya te he hablado de esto muchas veces, Yana— dijo él—. Trabajar para el gobierno no entra en mis planes de futuro.
    Hubo un silencio. Yana le observó largamente con sus ojos cafés, como si auscultara su interior un con detenimiento quirúrgico. Luego torció el labio y asintió para sí misma. Ese gesto la hizo, momentáneamente, muy parecida a su hermano.
    — ¿No puedes hacerlo por nosotros?— dijo Yana—. Por favor, Dale: hazlo por nosotros. Quédate.
    Aunque sus palabras eran suplicantes, el tono que estaba utilizando no lo era. Oak había tenido que aguantar la ira de mucha gente a lo largo de su vida: Lawrence, Tess, Jason… Pero, por motivos que desconocía, discutir con Yana le provocaba una especial desazón. La observó de hito en hito, consciente de que la conversación no iba a ir a ningún sitio. Agachó la cabeza y suspiró con pesadez. Dando pasos lentos fue hasta la chica y la tomó por los hombros. Su piel estaba fría y sus músculos rígidos como ramas.
    —Yo tampoco me esperaba esto, y me  duele tanto como a ti; pero así han salido las cosas. Hace mucho tiempo que me harté de nadar a contracorriente.
    Ella no dijo nada. Bajó la mirada y mantuvo los labios fruncidos. Oak se vio falto de recursos, así que la abrazó. Lo hizo lentamente y con delicadeza, como si ella fuera  un nudo de zarzas.
    —Volveré por la mañana, ¿me oyes?
    —Sí.
   
Salió a respirar aire libre. El cielo nocturno estaba despejado y el asfalto bajo sus botas seguía húmedo después de una tarde de intensa lluvia. Aún había pequeñas naves pululando por la pista, pero la atmósfera era bastante más tranquila que durante el día.
     Sabía que el próximo paso era el que más le iba a costar.
     No esperaba que Mag fuera a tomárselo mejor que Yana; pero decidió no posponer más aquella conversación pendiente. Antes de que su mano tocase el term en su bolsillo, éste empezó vibrar. Lo sacó rápidamente, sin reparar si quiera en el nombre que aparecía en la pantalla. Pensó que Magrog, inquieto por la llamada de antes, se le había adelantado.
    No obstante, la voz que sonó al otro lado no era la del chico. Era una voz femenina y bastante familiar. Diez minutos después, desearía no haber contestado a esa llamada.
   Eran las 23:56 de la noche.
    —Dale.
    —¿Tess?
    ¿Cuánto tiempo hacía que no le llamaba? ¿Cuatro? ¿Cinco años? Habían mantenido conversaciones, por supuesto; pero casi siempre era él quien realizaba la llamada. Oak no fue capaz de disimular su sorpresa. El tono con el que Tess había dicho su nombre tampoco era demasiado tranquilizador. Ni siquiera había habilitado la imagen de vídeo; no quería que le viera la cara.
    — ¿Pasa algo?
    La escuchó sorber por la nariz. Estaba llorando.
    — ¿Cuándo pensabas decírmelo?
    Oak estaba confundido. Salvo lo que había ocurrido aquella tarde, no había pasado nada significativo en su vida. Al menos nada que él supiera. Un nudo empezó a tensarse en su garganta.
    —Me han llamado del CTA—continuó ella, con voz temblorosa—, han anulado tu pensión, Dale. No tenemos con qué pagar el tratamiento de Jason.
    — ¿Qué?.
(…)
    —Eso mismo les he dicho yo, pero no me han hecho caso —. Otro sollozo—. Les he hecho comprobarlo varias veces. Dicen que no hay ningún error.
    Oak se cubrió los ojos con la palma de la mano. Suspiró profundamente entre dientes y se forzó para no empezar a despotricar. Por unos segundos sólo tuvo ganas de gritar.
    —Tengo que llamar a la oficina…
    —Ya lo he hecho yo. Me lo han confirmado: tu pensión ha expirado esta misma noche.
   Se mordió el labio y soltó una risa nerviosa. Apartó la mano de su rostro; estaba cubierta de sudor. Aquello podía haber pasado en cualquier momento de los últimos cinco años; después de todo, se había largado del ejército por la puerta de atrás. A Lawrence ni siquiera le concedieron la pensión de veteranía. Oak contaba con que la situación de Jason ablandaría el corazón de sus antiguos jefes. Así parecía haber sido hasta esa misma noche.
    —Supongo que llamarme a mí en primer lugar era mucho pedir.
    —No te vayas a poner así. Ahora no. Tienes que hacer algo.
    Aquello era una broma pesada. El chiste malo que todo el mundo pillaba menos él. Casi podía ver la sonrisa de Trana estirándose en la oscuridad que le rodeaba. Llegado a ese punto, tan sólo pudo reír. Giró sobre sí mismo y vio la silueta de Fulgor dentro del hangar. Siguió riendo.
    —Dale, ¿qué te pasa?— la voz de Tess sonó turbada, casi asustada— ¡Tienes que hacer algo! ¡Ya sabes lo que pasará si no podemos pagar el Centro! ¡No quiero eso para mi hijo! ¿Me oyes? ¡No lo quiero!
    Haz algo, Dale.
    Lo que sea.
    — ¿Quieres que haga algo, Tess?
    —Quiero que soluciones esto, joder.— Había olvidado la última vez que la escuchó maldecir—. Mira: no sé lo que has hecho para que te retiren la ayuda. Si has vuelto a pelearte con ellos, Dale, te pido que intentes arreglarlo.
    —No hay forma de arreglarlo— repuso él—. Aquella pensión ni siquiera era oficial. Yo no la merecía. Creo habértelo dicho muchas veces.
    Tess guardó silencio por unos instantes. A juzgar por el repentino silencio, supuso que había tapado el micrófono con la mano. No obstante, Oak escuchó leves sollozos al otro lado. Después, Tess volvió a hablar, esta vez con una voz aún más ronca.
    —No puedo pagar su tratamiento yo sola— dijo.
    Oak profirió una risotada sarcástica.
    —Ni tú, ni yo… ni con tres veces mi sueldo actual podríamos permitirnos pagar algo así. Es disparatado.
    De repente, la imagen de Jason voló hacia su mente, tal y como lo había visto unos días atrás. El chico había alcanzado la quincena ese verano, pero apenas aparentaba los 12 años. La infección del Perséfone, entre otras cosas, retrasaba el crecimiento de manera asombrosa. Además, estaba delgado, con los pómulos horriblemente marcados en su rostro grisáceo. Pero lo peor fue la mirada: neblinosa y vacía. Jason estaba tan drogado que apenas era consciente del aire que respiraba, o al menos así dieron a entender los médicos las instalaciones.
    Muchas veces lo había visto así, y muchas veces había deseado verlo muerto. No se sentía orgulloso de ese sentimiento; su padre le había dicho que no había nada peor que querer la muerte de los seres queridos. 
    Pero Jason ya no era un ser querido, apenas parecía un ser humano. Cuando Oak lo vio, vio a un saco de carne que se desplazaba, babeaba, comía y cagaba, siempre bajo los efectos de aquellas drogas con nombres impronunciables. Las mismas drogas que impedían que matara a todos cuantos le rodeaban.
    Sin embargo, sabía lo que le esperaba fuera del CTA. Los chicos que iban a los centros de Reclusión para Infectados del Consejo iban allí para morir, y no precisamente entre almohadones y sábanas de lana fina.  En aquellos sitios las drogas no eran lo suficientemente fuertes, y los niños, tarde o temprano, acababan aplastándose el cráneo contra las paredes de las celdas. En los peores casos, la pobre seguridad de aquellos recintos propiciaba la huida de internos. Eso era lo que más le asustaba: imaginar a Jason matando a gente inocente.
   Eran auténticos pudrideros humanos. Oak se dio cuenta de que él tampoco quería aquello para el muchacho, por muy triste que fuera su existencia.
   Tomó una decisión. Quizá una de las más importantes de su vida. Tan sólo lamentó no disponer de más tiempo.
   —Tess— dijo—. Te llamaré mañana, ¿vale?— De nuevo, miró hacia el Fulgor—. Creo que puedo hacer algo.
   Colgó antes de que ella articulase más sonidos. Tenía pocas ganas de escuchar más su voz aquella noche. Aquella maldita noche que parecía no acabar nunca. El reloj del term marcaba las 24:05. Aún quedaba una hora para la media noche, y ya había tenido problemas para toda una vida.
    Mag llegó un par de minutos después, con las manos en los bolsillos y el cabello un tanto alborotado. Los pasos que daba eran ligeramente erráticos, denotando una cierta embriaguez. Aunque su rostro apenas era visible en la oscuridad, Oak pudo ver la preocupación palpitando en cada uno los ademanes del chico.
    —Oak, yo…
    —¡Mag!— Oak extendió una mano hacia el Fulgor, como si estuviera presentando un fenómeno de feria al público—. ¿No tienes ganas de verla por dentro?
    El chico se quedó callado y observó a Oak por unos instantes. Le pareció que sonreía, aunque la ausencia de luz podía estar jugándole una mala pasada.
    —Cuando me has llamado antes… ¿ha pasado algo? Dijiste que la reunión no fue del todo bien.
    —Bueno, eso es relativo—. Oak empezó a caminar hacia la nave—. Ven: te lo contaré todo dentro.




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