Sigamos repasando. A ver... Bueno; tampoco puede decirse que yo, a mis veintidós años de edad, sea un paradigma de belleza grecorromana/neoclásica. Reconozco (muy a mi pesar) que este punto concreto me dio muchos quebraderos de cabeza cuando, en tiempos más sencillos y puberales, mi apariencia física era el determinante final de la mayor o menor integridad de mi tambaleante autoestima. Ahora, la cosa es muy distinta. Hasta me permito el lujo de tomármelo con humor y despollarme frente al espejo. ¿El exterior os da asco? Esperad a ver el interior, paletos, que os vais a cagar.
Tampoco tengo un gran don de gentes, ni se me dan especialmente bien las mujeres. Si me seguís la pista durante un tiempo, agradeceréis que la selección natural, en su infinita y caótica sabiduría, me mantenga alejado del sexo opuesto. Sinceramente, creo que habría sido más sencillo no hacerme heterosexual. Ella sabrá.
Veamos.
Escribí y dibujé durante gran parte de mi vida, y no tan mal como cabría esperarse de una persona con serias dificultades para ubicar su propio pene en su estructura anatómica. Y es que siempre me ha gustado contar historias y hacer disfrutar a los demás con ellas; hacer a mis semejantes partícipes del barroco metaverso que se arremolinaba dentro de mi cabecita. Sentir que algo concebido en tu cabeza puede hacer felices a otras personas es lo más similar a un atisbo de verdadera felicidad que he experimentado jamás. De hecho, podría haberse considerado mi única y verdadera pasión. Una pasión pura, lejos de la toxicidad de intereses mundanos, anclados en la carne. Pero ni caso, volví a estropearlo, e incluso aquello se pudrió hace ya. Ahora, las palabras que chorrean de mis dedos huesudos ya no pueden dar lugar a aquellos mundos ingenuos, pero dotados de cierta belleza simplona. Lo que hago ahora mismo es escribir, sí; pero esta retahíla frustrada es a aquellos cuentos lo que una fosa séptica es al Manantial de la Virgen de Lourdes. Ah, y de dibujar me aburrí, sencillamente.
Tú, lector desprevenido, que has tenido las tripas necesarias para sumergirte en el caldo de cultivo para úlceras gástricas que es mi blog, te estarás haciendo la pregunta estrella: "¿por qué me cuentas todo esto?". Fácil: lo único que legitima las críticas de un "hater", el rasgo redentor de todo crítico amargado que se precie, es el hecho de reconocer que él mismo forma parte de la misma humanidad a la que detesta.
Soy humano, con todo lo que ello conlleva.
Tú eres una mierda. Yo soy una mierda. Lo único que nos diferencia es que yo lo sé.
Un saludo, y tumorcitos malignos para todos.
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