No me gusta el fútbol. Es más: lo detesto y, en ocasiones, pienso que el mundo sería un lugar mejor si no existiera. Por supuesto, me refiero al fútbol como industria/espectáculo y no como deporte. Tal y como ya he dicho con anterioridad, no soy ni jamás he sido un gran deportista; sin embargo, no tengo nada en contra de estas prácticas y, de hecho, aprecio ciertas virtudes de éste deporte en concreto. Una de las grandes bazas del fútbol (y algo que sin duda le ha granjeado su titánico éxito mundial) es lo increíblemente económico que resulta jugarlo, aunque sea en sus versiones más primarias. Tan sólo se necesitan cuatro puntos de referencia para delimitar las porterías, un objeto pequeño y ligero al que dar patadas... y nada: a rompernos las espinillas se ha dicho. Nuestros amigos del otro lado del charco (esos de las barras y estrellas, los del Kobe y el LeBron), a menudo lo critican y dicen que un deporte en el que se marcan dos o tres tantos en hora y media de partido es un poco (bastante) aburrido. En esas honduras no voy a aventurarme; ni siquiera se aproxima al eje fundamental del despotrique que nos ocupa.
Volviendo al tema: la industria del entretenimiento es repulsiva, pútrida y corrupta hasta niveles pesadillescos. Sin embargo, si tuviera que elegir la división que más episodios de gastroenteritis mental me ha causado, me faltarían dedos en las manos y en los pies para señalar al fútbol como la joya de esta gran, gran corona de mierda. Muchos os pensaréis que me refiero a la faceta política y comercial de este "deporte rey"; no os faltaría razón, sobre todo si tenemos en cuenta cómo se las gastan esos tragaldabas al frente de la todopoderosa FIFA. Sin embargo, siendo como es industria del espectáculo que es (llamarlo "deporte" así, a secas, me parece obsceno), no es una novedad que esté impregnada de la misma podredumbre que el resto.
No. Lo que me hace detestar este espectáculo (insisto: no digo "deporte") es, en resumidas cuentas, esto:
Exactamente. No el ejecutivo sobrealimentado de la FIFA. No los anuncios andantes futbolistas monosilábicos con más venas en los muslos que neuronas en la cabeza. Ni siquiera el hipertrofiado mecanismo comercial que representa. El gran cáncer de la industria futbolística está recogido en la imagen superior.
En resumen: el culpable de mi asco hacia este fenómeno eres tú. Ah, y la prensa deportiva, que la más de media hora que la """"""""sección de deportes""""""" del canal de turno (pondría más comillas, pero tengo miedo de no poder parar) dedica a relatar (con ese tonito socarrón que me sienta tan bien como el golpe de una almádena de hierro fundido en el glande) el trascendental y emocionante día a día futbolístico en nuestro amado país, es para mear hasta sangrar y no echar gota. Es ese exceso de cobertura mediática lo que convierte a los medios de comunicación en cómplices de esta lobotomía transorbital colectiva a la que llamamos injustamente "fútbol".
Pero, en definitiva, el auténtico culpable está ahí sentado (probablemente muy cerca de donde estás tú), birrita en mano, luciendo con orgullo la camiseta de """""""su equipo""""""", a pesar de estar a punto de hacerla reventar por las costuras (cachogordo), lanzando al aire lecciones morales relativas a "lo mal que se ganan las pelas los messis y los ronaldos" o "lo honrados y benevolentes que son los casillas y los iniestas". Por supuesto, dichos juicios son absolutamente intercambiables en función de qué equipo esté espachurrando las almorranas del otro o qué jugador esté pasando por un momento más "bajuno" en su carrera.
Porque, claro, esos futbolistas multi-hiper-mega-úber-súper-dúper-millonarios nos deben tantísimo que, cualquier paso en falso, cualquier atisbo de declive (como bajar del primer al segundo puesto del ranking, duh duh duuuuuuuh), es irremediablemente una traición imperdonable al hincha tripochón. El mismo que piensa que pagar por su suscripción mensual a Canal+ Liga (¿lo he escrito bien?) y levantar una bufandita por encima de su cabeza casposa lo hace beneficiario de los favores de ciertas personas por las que profesa un fanatismo simiesco y a las cuales, probablemente, jamás conocerá. Y que no falte el comentario resentido en las redes sociales tras alguna que otra goleada vergonzosa (inserte aquí los juicios morales de estar por casa que considere oportunos).
Ah, y a los churumbeles hay que tenerlos bien cerca, al ladito de la televisión, nutriéndose de todo ese odio animal hacia el equipo contrario, no vaya a ser que los vástagos de estos machos cabríos de barriga cervecera nos salgan del Barça/Madrid (como bien sabemos, el "ser de un equipo" es una herencia que nos dejan nuestros padres, igualito que las colecciones de relojes de cuerda). Además, existe el riesgo de que el chiquillo nos salga mariquita y no le guste el fútbol, ¡por Dios!
En fin, toca ponerse serio y encarar la "recta final hater":
Esta industria no te debe nada. Ninguno de los futbolistas a los que dices admirar (mentira) te debe nada. Si crees lo contrario, es que has caído en el truco más viejo de la industria moderna del entretenimiento. Deja de pagar tu suscripción a Canal+ Liga, y verás como la bola sigue girando como si nada a pesar de que tu culazo sedentario no siga en ella.
Buenas noches, y tumorcitos malignos para todos. Espero vuestras bengalas y pintadas con expectación.




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